Perros Callejeros

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Camino a Monte Niebla

—Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía;

soñaba con mis amores, que en mis brazos los tenía…

¡Ay, Muerte tan rigurosa, ¡déjame vivir un día!

—Un día no puede ser… una hora tienes de vida.

Capítulo 1 — Calle

A los treinta y cuatro años ya estaba hecho bolsa. No es que antes hubiera estado bien, pero a esa edad lo asumí completo. Es como un dolor crónico: primero duele, después te acostumbras, y al final ni recordái cómo era vivir sin él.

Tomaba todos los días, desde que me levantaba hasta que caía raja. Vino barato, ron barato, lo que hubiera. El alcohol era desayuno, almuerzo y once. Lo único que me calmaba por dentro… y también calmaba las miradas de asco cuando la gente me cruzaba.

Vivía en la calle. Comía de la basura. Aprendí a distinguir qué todavía estaba bueno. Los restaurantes caros botaban mejor comida que la que yo había comido en mi casa alguna vez. Ironías de la vida.

Andaba con ocho perros. Ellos sí eran familia: un lanudo café que dormía en mi pecho; una perra flaca que me seguía siempre; dos pitbulls viejos; y cuatro más que iban y venían, pero nunca me abandonaban. A ellos no les importaba mi cara ni mi hedor. Para ellos yo era el que les daba cariño y restos de comida.

Pedía plata en el centro. La gente me daba monedas más por miedo que por compasión. Mi cara funcionaba como herramienta de pega: los niños arrancaban, las madres me tiraban monedas desde lejos, los hombres me pasaban billetes para que me fuera rápido.

Robaba de vez en cuando, pero no era bueno. Era imposible pasar piola con una cara como la mía. Así que terminé pegándome a un haitiano que traficaba pitos y pasta: Gudensky. Era mi dealer, sí, pero también lo más parecido a un hermano que tuve en años. Con él me enyunté para poder robar. Yo aparecía con mi cara larga, todos se quedaban mirándome horrorizados, y él aprovechaba el revuelo para sacar teléfonos de mochilas. Nos entendíamos con una mirada.

Dormía donde me pillaba la noche: en vagones abandonados lejos de la estación, en construcciones a medio hacer, en la misma calle tapado con cartones, los perros dándome un poco de calor. Desde que murió mi vieja y me sacaron de la casa, no tuve más opción.

La cosa pasó así: cuando mi vieja murió, me quedé sin plata para el arriendo. Los parientes aparecieron como buitres, se llevaron todo lo de valor y a mí me dejaron tirado. El dueño de la casa me dio dos semanas y después me echó cagando. No tenía dónde ir. No tenía nada.

De alguna manera era más fácil que vivir en sociedad. En la calle no tenía que fingir que encajaba ni esconderme. Era libre de ser el monstruo que siempre fui.

La familia desapareció después del velorio. Nadie preguntó por mí, nadie quiso saber si comía, todos se borraron. En el funeral cuchicheaban qué hacer conmigo, y la respuesta fue simple: nada.

Nadie, solo la calle. Y la convertí en mi hogar. La calle no juzga, no discrimina, no te pide explicaciones. Te da lo que mereces, ni más ni menos.

Capítulo 2 — Manada

Con Gudensky nos conocimos en la estación, buscando dónde dormir. Él había llegado con sueños desde Haití, pero terminó igual que yo: sobreviviendo.

Los perros eran mis regalones porque los llevaba a buscar restos y huesos a unas carnicerías ordinarias por ahí. Eran leales como nadie. Ante cualquier amenaza, se alzaban de inmediato. No les importaba nada más que defenderme.

Con el haitiano nos fumábamos unos monos en los vagones viejos, llenos de grafitis y vidrios rotos. Para nosotros eran palacios. Ahí planeábamos robos que nunca íbamos a hacer, contábamos historias de Haití y de mi vieja, soñábamos viajes imposibles.

Pero Gude a veces consumía la merca de otros. Varias veces lo vi todo golpeado por no pagar. Yo le decía que anduviera con más cuidado; no conocía bien Chile y acá pueden llegar y pitearte por negro. Él me respondía:

—Choro, en Haití aprendí que hay que vivir el día no más, porque mañana puede no haber nada.

Nos hicimos hermanos de verdad. La soledad y el abandono nos unieron sin tener más en común que la calle y la droga. Cuando salíamos, dejaba a los perros encerrados con grasa o huesos y después volvía con algo para ellos.

Había días buenos: notebooks, teléfonos, ropa, hasta zapatos. Lo vendíamos rápido y con la plata nos íbamos a volar de nuevo. A esa altura el hambre ya ni existía. La pasta te quita todo: ganas de comer, ganas de vivir.

Pero no todo era joda. Había otra gente en la calle, cabros realmente malos: violadores, apuñaladores, asesinos. Choros peligrosos. A mí me gritaban “¡cara de mierda con tus perros!” y me tiraban piedras. Yo los esquivaba.

Con Gude me refugiaba. Él me contaba de su hija y su mujer en Haití, de cómo vino engañado a Chile, de la música y el mar Caribe. Yo le hablaba de mi vieja, de Monte Niebla, de ese cerro gigante que de niño miraba con miedo y con ganas de explorarlo.

Un día Gude llegó corriendo, sudado, con ojos brillantes.

—¡Choro, tengo algo que mostrarte!

Sacó un paquete de aluminio. Una barra negra, compacta, con olor a tierra húmeda y químico.

—Se llama rèv. Es lo más fuerte que hay en Haití. Lo usan los brujos para volar.

Me dio un pedazo. Sabía a barro podrido y mierda, pero en la calle todo es cancha. En cinco segundos el mundo cambió. Una niebla bajó y me atrapó, me dejó tendido en el piso del vagón. Gude se alejaba, riendo, perdiéndose en el humo. Las paredes se estiraban como chicle, el techo se volvió cielo, pero más negro que la noche.

De pronto su rostro gigante bajaba desde el cielo, riéndose, dientes brillando. Buscaba a mis perros, pero ahora eran moscas que ladraban y pasaban zumbando hasta perderse en la bruma.

Escuché voces que decían mi nombre y me invitaban a subir al cielo. Una sonaba como la de mi madre, pero torcida, como ahogándose. El corazón me golpeaba como martillo.

Abrí los ojos en otro lugar: Monte Niebla arrasado. Casas en ruinas, calles cubiertas de arena. El cerro, más alto, más oscuro, más viril que nunca. Caminé entre esa arena gruesa, como hecha de huesos y piedras. Cuando intenté subir, el costado del cerro se volvía manos débiles que querían atraparme. Había flores con ojos que me seguían, árboles con brazos que lanzaban lamentos al cielo, piedras calaveras mordiéndose unas a otras para avanzar.

Más arriba, una planicie llena de perros y de cuerpos que seguían brotando como si la tierra los pariera sin descanso. Rodaban por los riscos, cayendo en tropel hacia los abismos. El aire vibraba con sus ladridos de felicidad. Eran negros, pero de un negro iridiscente, como si en su pelaje se reflejara una luz imposible. Corrían libres, felices, sin miedo. Quise ser uno de ellos.

Apuré el paso. Entonces del suelo emergió la cabeza de Gudensky, enorme, adornada con plumas y dientes de oro. Riendo a carcajadas que helaban. Brazos y piernas sin cuerpo trataban de hundirme en el lodo. Se lanzó y me tragó entero.

Desperté bañado en sudor, oliendo a mierda. Estaba encerrado con ocho perros en un vagón. Ellos ladraban desesperados, como si supieran que algo terrible venía. Y venía: los colombianos ya estaban afuera buscándolo a él.

Capítulo 3 — Despertar

Los perros ladraban distinto, no como cuando tienen hambre ni cuando quieren jugar. Era un aullido que me atravesaba los huesos, sacándome de la pega pegajosa del rèv.

Desperté aturdido. Aire espeso a meado y sudor, un hedor ácido que revolvía el estómago. La cabeza me latía, la boca a tierra podrida. La puerta del mini vagón estaba cerrada por fuera, asegurada. Mis perros se me subían encima, rasguñando sin querer, tan desesperados como yo por salir.

Empujé con todo el cuerpo y abrí apenas unos centímetros. Por la rendija entró aire fresco… y vi. Vi lo suficiente para que la rabia me subiera como lava.

Afuera estaban los colombianos, los traficantes de siempre con cadenas falsas y pistolas. Creían ser narcos, pero eran lamebotas de otros más grandes. Y ahí, tirado en el suelo como saco de papas, estaba mi hermano: Gudensky. Amarrado, ensangrentado, la cara hinchada, la oreja colgando. Medio ido.

Grité y pateé la puerta:

—¡Hijos de puta, suéltenlo!

Me ignoraron. Logré abrir lo justo para que dos perros se lanzaran hacia él. El sonido fue seco, insoportable: dos disparos. El lanudo café, mi regalón, cayó al tiro. La perra flaca saltó hacia atrás con el impacto y quedó tiesa en el polvo.

Algo se quebró adentro de mí. No hay palabra para ver morir a tu familia sin entender por qué. Los perros no eligieron la calle; me siguieron por pan y un poco de cariño. Y por mi culpa estaban ahí.

No aguanté más. Con un golpe seco abrí la puerta completa. El hombro se me dislocó, pero ya daba lo mismo. Me sentía un monstruo, pero esta vez no por la fealdad: era la rabia, y estaba soltando lo peor de mí.

Capítulo 4 — Perro negro

Salimos con los seis perros que quedaban. Ellos ladrando como poseídos, yo convertido en puro instinto. Todos éramos uno: un perro negro gigante abalanzándose contra los que siempre pisan.

Los pillamos de sorpresa. Dos cayeron altiro: un cabro flaco que gritaba mientras tres perros le destrozaban las piernas; y un gordo tatuado que intentaba gatear con los brazos hechos carne viva.

Yo me fui directo al jefe, un tipo grande con cara de piedra. Le pegué con un palo; apenas sangró. Me miró fijo, mirada de león.

Sacó un cuchillo largo, casi una espada. Yo ya no era humano. Me lancé como perro rabioso y le mordí el cuello. Sentí la piel desgarrarse, la sangre caliente llenándome la boca. Con una piedra le machaqué la cara hasta sentir el cráneo quebrarse. No paré. Era por mis perros. Era justicia salvaje.

Cuando recobré algo de conciencia, estaba empapado en sangre. Gudensky me miraba desde el suelo, llorando.

Ya no había vuelta atrás. Como si la ciudad hubiera escuchado el llamado, los perros se multiplicaban: veinte, treinta canes cayendo sobre los narcos. El cabro flaco ya ni gritaba; gemía mientras los perros le comían las tripas. El gordo terminó sin cara, comida de pitbulls viejos.

No di la orden de parar. Ellos se vengaban igual que yo: los que siempre fueron víctimas, ahora verdugos.

Desaté a mi socio con manos temblorosas. Encendí un cigarro con la boca aún llena de sangre. Nos sentamos a fumar viendo cómo los cuerpos eran devorados. Grotesco, sí, pero con su poesía: los perros por fin comían carne fresca.

Me agaché, besé en la cabeza a mis dos bestias muertas.

—Perdón, hermanos. Esto no debía pasar.

Silbé. La manada se reagrupó, hocicos manchados, ojos brillantes. Ayudé a Gudensky a ponerse de pie. Caminamos apoyados, seguidos por los perros como en procesión.

Sabíamos que los colegas de esos hueones vendrían. Por primera vez en años, no me importaba. Había vengado a los míos. Pero si queríamos seguir vivos, había que irnos ya.

Capítulo 5 — Sin rostro

Apenas nací supieron que mi vida sería cuesta arriba. No es común ver nacer un bebé sin rostro. A ver: cara sí tengo, pero es una masa de carne viva, sin facciones. Puedo ver porque tengo ojos; puedo respirar y comer; pero no hay nariz formada, ni labios, ni nada reconocible. Es como fibra muscular húmeda, una pulpa roja que nunca termina de cerrar.

Mi madre me contó que la matrona salió corriendo, pálida, y que los doctores me miraron como si hubiera caído de otro planeta. El más viejo murmuró algo sobre malformaciones y empezó a interrogarla: si había tomado, si había radiación, si antecedentes. Como si fuera culpa de ella. Le dijeron que era único, que hacía más de doscientos años no se documentaba algo parecido. En ese tiempo —dijeron— a los guaguas así los “desechaban”. No me extrañaría que más de alguno le haya insinuado lo mismo.

Las cirugías eran impagables en un país donde la salud pública apenas funciona. Mi padre, al verme, se puso verde y dijo lo único que puede decir un cobarde:

—Esto no puede ser mío.

Esa misma noche se fue. Nunca lo conocí.

Mi madre, en cambio, me tomó en brazos, aunque fuera horripilante. Me dijo que cuando me abrazó por primera vez dejé de llorar. Como si supiera que ella sería lo único bueno en este mundo.

La infancia fue un infierno. Ser pobre ya es difícil. Ser pobre e hijo de madre soltera es peor. Ser pobre, hijo de madre soltera y adefesio… un suplicio diario. Pero mi vieja jamás se dio por vencida conmigo.

Los cabros tienen radar para detectar lo distinto. Me decían “cara de carne molida”, me escondían la máscara que usaba para pasar un poco más piola, me tiraban piedras. Varias veces me siguieron todo el camino hasta la casa, gritándome deforme. Mi vieja lloró en silencio al verme, me abrazó. Nadie pidió disculpas.

Me refugié entre los apartados: el cojo, la tartamuda, la gorda que comía sola. Éramos “los raros”, y aun así yo seguía siendo el más raro. Mi deformidad se salía de cualquier parámetro. No me sentía persona.

Con los años entendí que lo mío no tenía remedio. Los médicos repetían la cantinela: “es un caso muy complejo, quizá en el extranjero”. Palabras bonitas para decir: “no sabemos qué hacer contigo”. Yo rezaba, pedía despertar con otra cara, soñaba con milagros. Pero nada. Siempre la misma carne roja. Siempre el monstruo.

Un día me quedé mirando un partido desde la reja. Uno de los cabros gritó: “Ahí está el deforme”. Todos dejaron de jugar para hacer gestos de asco. Lo supe en ese instante: daba lo mismo cuánto rezara o qué tan bueno fuera. Para ellos siempre sería un monstruo.

Y así me acerqué a los malos. No porque me quisieran, sino porque no les importaba. Con ellos descubrí que mi cara podía ser un arma. La gente vive con miedo, y con miedo uno consigue lo que quiere.

Capítulo 6 — Visión de Gudensky

Arena blanca hasta donde alcanzaba la vista, pero no era playa común. Era un lugar fuera del tiempo, donde los muertos caminaban entre los vivos sin pedir permiso. La luna colgaba inmensa, un ojo abierto mirándolo todo; tan grande que parecía a punto de desplomarse. Su luz plateada hacía brillar cada grano de arena como estrellas tiradas en el suelo.

En medio de ese paisaje, un poste de madera negra —grueso como ceiba— alzaba collares de cuentas rojas y blancas, plumas de gallo, huesos pequeños que tintineaban con la brisa caliente del mar.

Amarrado al poste, un cuerpo joven se retorcía. La piel morena brillaba de sudor. No sabía cómo había llegado ahí, pero el lugar le era familiar: la playa de los rezos de su abuela, donde aprendió que los espíritus no se van del todo.

Alrededor, decenas de encapuchados se mecían al ritmo de tambores, voces antiguas en kreyòl mezcladas con lenguas africanas:

—Bondye nan syèl la, gade pitit ou an… (Dios del cielo, mira a tu hijo).

—Papa Legba, ouvri baryè a pou nou… (Padre Legba, ábrenos la puerta).

El humo de ron quemado y tabaco formaba figuras que bailaban solas. Entre esas voces reconoció algunas: la de su abuela muerta; la de su hermano ahogado. Voces de los que ya no estaban, llamándolo.

El canto creció. Los encapuchados giraban, sus pies levantaban nubes de arena brillante. El mar cambió: del azul al rojo, luego al naranja, hasta volverse lava. Lenguas de fuego rugían como leones hambrientos; el calor derretía la arena.

De golpe, silencio. Solo rugía el mar de fuego.

El muro de lava se levantó como bestia y lo envolvió todo. Su cuerpo se expandió hasta reventar en millones de insectos de luz que volaron en todas direcciones. Cada fragmento se volvió alguien: hombres y mujeres de piel negra, libres, corriendo por la playa bajo la luna inmensa. Ancestros suyos, riendo, cantando. Por primera vez, libres.

La visión se quebró. Las figuras se hicieron humo, la luna gigante se encogió hasta ser una ampolleta sucia colgando del techo de un vagón.

Tres sombras se acercaron desde la oscuridad. Primero parecían parte del sueño; luego se definieron: calaveras con ojos fríos. Uno con cadenas de oro falso, otro con dientes de oro, el tercero con tatuajes que se movían como serpientes.

Los reconoció. Los colombianos. Los mismos que en vida le pasaban mercadería y ahora lo tenían sentenciado.

—Te encontramos, haitiano culiao —dijeron los tres a la vez, con risas de vidrio quebrándose.

La luna se apagó. Los ancestros libres desaparecieron.

Gudensky abrió los ojos, amarrado de verdad, no a un poste sagrado en una playa, sino a un fierro oxidado en un vagón abandonado. Las manos dormidas por las sogas, el sabor amargo del rèv todavía en la boca.

Frente a él, los colombianos. Igual de peligrosos.

—Despertaste, negro hijo de puta —le dijo el más grande.

El ritual había terminado. Empezaba la realidad.

Capítulo 7 — Confesiones

Yo me hacía el choro, pero en el fondo siempre fui sensible. Mi vida partió con rechazo, y para que no me dañaran me hice duro por fuera, aunque por dentro estuviera hecho mierda. Por eso odio a la gente, pero también sé reconocer a los buenos: los anónimos que te preguntan si comiste, si necesitai algo; los que te dan una mano sin pedir nada.

En la familia no se puede confiar. No nos leamos la suerte entre gitanos: a veces la familia es la primera en cagarte. He visto vender hijos por plata. Feo, feo, feo.

Nos escondimos una semana en una pieza de dos por dos en un cité de haitianos en el centro. Eso fue gracias a Gudensky, que aún tenía contactos. Pero no íbamos a durar ahí: tarde o temprano iban a dar con nosotros. Como una confesión, le hablé directo al negro. Estaba destrozado, acurrucado, pidiéndome perdón por meterme en la huevá.

—Tranquilo, negro —le dije—. La cagá ya está hecha. Ahora hay que ver cómo chucha salimos vivos.

Yo era más pensante que él, que apenas conocía Santiago. Para salvarnos teníamos que desaparecer: virar al sur. Y me vino la visión, como si el rèv siguiera mandando en mi cabeza: Monte Niebla. Pueblo chico a la conchatumadre de lejos, pero allá nadie nos iba a encontrar.

Ese era el plan. Y ya no había vuelta atrás.

Capítulo 8 — La huida

Movimos contactos en el cité. De negro a negro, como cadena, hasta dar con uno terneado que conocía a un guardia de estación —creo que ambos eran evangélicos o alguna huevá así. Yo inventé que tenía un pariente en el sur que me iba a pasar plata y que le transferiría la mitad cuando llegara. Pura mentira, pero se la creyó.

El tipo se movió. Nos consiguió vía libre a un tren hasta Temui. De ahí habría que ver cómo llegar a Monte Niebla. Los mismos haitianos me consiguieron ropa americana: mejor que los harapos de meses.

El problema era salir del cité: los colombianos merodeaban como perros de presa. Uno entró gritando:

—¡Hermanos, los colombianos vienen subiendo!

No había tiempo. El terneado nos empujó a la ventana:

—¡Al techo, rápido!

Saltamos a las planchas de zinc. Gudensky casi se fue abajo dos veces. Corrimos por los techos hasta caer a la calle, donde nos esperaba una camioneta destartalada.

Arrancamos, pero la suerte dura poco. A las cuadras ya teníamos dos autos atrás, disparando y gritando. El chofer perdió el control en una curva y nos estrellamos contra un árbol. Salí volando, revolcado en la cuneta, y cuando levanté la cabeza vi lo más hermoso del mundo: un tren de carga pasando justo al lado.

—¡Gudensky, el tren! —grité.

El negro entendió al tiro. Cojeando, saltamos a un vagón de carbón. Los perseguidores llegaron tarde: ya estábamos enterrados en polvo y piedra.

Doce horas duró ese viaje. Doce horas tragando tierra negra, sin agua, sin aire limpio. Yo pensaba en Monte Niebla, en su anonimato. Gudensky rezaba en francés o lo que fuera. El tren arrullaba como tambor viejo: “más lejos, más lejos”.

Capítulo 9 — El llanto del negro

—Por favor no me llames más, olvídate de mí y de mi hija. Déjanos tranquilas, por favor.

Colgó. Yo estaba ahí, entre la incertidumbre y la pena. Cachaba algo de kreyòl, lo suficiente. Las lágrimas del negro confirmaron todo. Me hice el tonto para que llorara en paz, pero no fue necesario: se repuso rápido, seco.

—Vamos no más, Juan —me dijo.

Primera vez que me llamaba por mi nombre. Seguramente le dolió el corazón que su señora le diera el filo, pero lo que más le dolía era su hija. Esa niña creciendo en un basural de Puerto Príncipe.

Ya les conté que él llegó engañado. Sus viejos pagaron a un tipo para traerlo “a trabajar”. En realidad, los tenían en galpones, esclavizados: los obligaba a vender en la calle y toda la plata se la quedaba el desgraciado, con la excusa de mandarla a Haití.

Un día se rebelaron. Lo lincharon entre todos. Algunos dicen que hasta lo asaron y se comieron parte del cuerpo. No sé si creerlo, pero que lo mataron, lo mataron. Y se llevaron todo lo del galpón. El negro nunca me contó eso. Lo supe por fuera. Y nunca se lo pregunté.

Capítulo 10 — Camino al sueño

La parada en Temui fue alivio. Con el hambre que tenía, me echaba un carbón al hocico. Con unas chauchas mandé al negro a comprar sopaipillas en un carrito. Con eso aguantamos, caminando y pensando en qué chorearnos para juntar plata.

No colgamos a nadie, pero nos topamos con un camión de bebidas. De ahí rescatamos dos jabas de Coca-Cola, vendidas en un negocio chico. Diez lucas. Con eso compramos pasaje a Lango, más cerca de Monte Niebla, donde escondernos un par de días.

El chofer nos miró feo. Íbamos tiznados, hediondos; Gude parecía más negro aún. Igual nos subimos al fondo. Yo dormí las mejores dos horas de mi vida en la calle.

Y soñé. Soñé que era normal, que tenía un rostro lindo, una nariz bien hecha; que estaba sentado en un pasto tan verde que dolía mirarlo. El cielo azul, las gaviotas planeando camino al cerro.

En Monte Niebla.

Capítulo 11 — Lango

La ventolera nos pegaba fuerte en la cara —bueno, en mi caso en la no-cara—, y nos acurrucábamos bajo unas mantas que conseguimos en Lango después de dar vueltas como aparecidos. Una noche dormimos en el cajero automático del banco, y al otro día le dije al negro que buscáramos casa vacía. No fue difícil: una casona vieja de madera, puerta floja, y ahí nos quedamos una semana.

Pueblo chico, callado, lluvia casi todos los días. Nadie nos miraba distinto, o al menos no se notaba. Eso me dejaba más tranquilo. A Gude se le veía cabizbajo, más callado que de costumbre, como arrepentido de haber terminado así, lejos de su familia. Yo, en cambio, me sentía casi en casa: esconderse siempre fue mi normalidad.

Pero hasta en los sueños me perseguía la idea de cambiar de piel, de pasar de oruga fea a mariposa. Sabía que era imposible, puro autoengaño del cerebro para obligarte a seguir vivo. La vida hace eso: te empuja a continuar, como si fuéramos una plaga.

Si nosotros somos una enfermedad, cabros, se los juro.

Capítulo 12 — Vino

Un día le dije al negro que se quedara en la casa. Yo necesitaba aire. Junté unas monedas y me compré tres cajitas de vino. Ni aguanté: abrí una ahí mismo, fuera de la botillería. El primer sorbo me devolvió la vida.

Volví con las otras dos y media. Las puse en la mesa polvorienta.

—Póngale no más, coleguita.

Con el estómago vacío, el vino pegó rápido. Se abrió la conversa.

—Puta, mi negro, la hemos pasado mal. Tú peor todavía. Escuché a tu señora, hermano.

No me contestó. Me abrazó fuerte. Lloraba.

—Gracias, hermano. De verdad… —susurró.

—Yo sé que no soy la mejor persona —le dije—, pero eres como un hermano chico. Tú me ves hostil con todos, pero aquí adentro —me pegué en el pecho— hay sentimientos para los pocos que valoro. Tranquilo, ya vamos a estar mejor.

Terminamos curados, recordando la vida en los vagones. Yo, por dentro, recé en silencio al dios de los perros, pidiéndole que cuidara a los míos. Esa noche reímos como hace días no lo hacíamos.

Capítulo 13 — Leña de los bosques

El viernes en la tarde encontramos a un viejito con camioneta llena de leña. Le ofrecimos ayuda a cambio de un aventón hacia la cordillera. Aceptó, con la condición de llevarnos atrás.

El día estaba helado, nublado, con un viento capaz de arrancar vacas del suelo. Cuando paramos en un callejón, el viejo —don Humberto, bigote gigante— nos hizo descargar la leña. Bajamos troncos hasta que el frío se nos fue del cuerpo. Después sacó una caña de vino. Yo me serví dos.

No todos te desprecian por la facha. El viejo era buena persona, aunque medio pavo. Apenas pude, le saqué una cajetilla de cigarros.

La calle te enseña a agradecer y a robar en la misma tarde.

Capítulo 14 — En la niebla

Caminamos horas entre una niebla espesa y un frío de cuchillo. Íbamos callados, molidos; el bosque cerrándose a ambos lados y el viento rugiendo como condenados en el infierno.

—Ya, hermano, yo creo que es suficiente —le dije a Gude—. Aquí hacemos un fuego.

Y lo hicimos. Entre brasas le confesé:

—Ando verde por volarme, negro.

Él sacó lo que quedaba del rèv. Media dosis cada uno. La tragamos.

Pero el viaje fue distinto. Todo se veía igual… y no. Entre mis historias tontas sentí un ruido en el bosque. Giré. Nada. Volví al fuego: Gude había desaparecido.

Levanté la vista. De la niebla emergió la cabeza de un perro negro gigante. Ojos amarillos como lunas. Colmillos que relucían.

—¿Tú fuiste el que me despertó? —tronó la voz en mi cabeza.

No respondí. Cerré los ojos. Abrí. Ahí seguía.

—¿Eres tú o no? —insistió.

—Sí —alcancé a decir.

—¿Qué haces aquí?

—Voy en busca de una nueva vida.

—Entonces entiende: si quieres pacto, yo también pediré algo. Y cuando sea el momento, sabrás dónde y cuándo.

Me vi en un paisaje soñado: pasto verde, mar brillante, perros jugando. Toqué mi cara: estaba completa. Cuerpo sano, ropa limpia. En un pestañeo volví. El perro seguía mirándome fijo.

Desperté de golpe, tiritando, al lado del fuego. Gude roncaba. Eché más palos y me dejé caer otra vez. Así no más.

Capítulo 15 — Camino a Monte Niebla

Las horas pasaban y el día seguía igual. Sentíamos que no avanzábamos nada: Monte Niebla y el cerro parecían quedarse clavados en el mismo lugar. Con la niebla apenas se distinguía el contorno. Calculamos que todavía era temprano cuando, por fin —¡Dios mío!—, apareció una casucha a un costado del camino serpenteante.

Nos acercamos a la puerta. Miramos desde la reja, afirmada entre palos y alambre, buscando señales de vida. De una, asomó una cabeza por la ventana; por la distancia no se veía bien qué era, pero enseguida salió un viejo guatón, pelado, con un gorro azul desteñido que decía Ferretería Temui. Con un cigarro pegado en la jeta nos lanzó:

—¿Qué hacen por aquí, señores?

Cuando me arrimé, le vi la mueca de asco. Igual le contesté:

—Vamos camino a Monte Niebla con mi amigo; llevamos días caminando y aún no llegamos.

Se acercó, con curiosidad fija en mi rostro.

—¡¿Qué le pasó en la cara, señor?! —medio gritó.

—Problemas de fábrica, maestro —repuse.

—Me imaginé… nadie puede quedar tan feo porque sí. ¿Y a qué van pa’ allá?

—A visitar un pariente —le mentí.

—¿Y de qué familia es usted?

—De los Herrera de acá. ¿Los ubica?

—No conozco a nadie por aquí que se apellide así. ¿A qué van entonces?

—A ver el pueblo no más. De chico venia pa’ acá —salí jugando.

—Mmm —dijo, con cara de desconfiado—. Ese negro, ¿es suyo?

—O sea… es mi compañero.

—Ya… Tienen que seguir unas cinco horas más a pata. Pero les digo que van a perder el tiempo no más: allá no vive nadie.

Pensé que me estaba hueveando, que al vernos así nos quería confundir. El viejo guatón se metió y nosotros seguimos camino.

La caminata se hizo más corta en la cabeza, pero el negro venía de mal ánimo. Hablaba poco, se entiende. No lo quise molestar. Solo le dije que siguiéramos no más, que allá encontraríamos qué hacer pa’ subir el ánimo.

Capítulo 16 — El pueblo muerto

Cuando llegamos a la entrada no hubo ánimo que aguantara. La niebla dejaba ver de a poco el caos: como si un terremoto hubiera destrozado todo. Quedaban parados unos pocos palos; la mayoría de las estructuras yacían en el suelo. Caí de rodillas, de cansancio y también de pura desilusión. En mi cabeza siempre espere un pueblo vivo, a los pies del cerro negro. No fue así. Solo el cerro quedaba de testigo de la decadencia: toda una civilización que decidió irse a buscar otros horizontes. Ya no quedaba nada para nadie.

Me quedé ahí un buen rato —treinta minutos, quizá— mirando la tierra. No se veía el sol por la niebla, pero de a poco se fue disipando… y mis penas también. Igual se me apostaban en la espalda, empujándome al suelo. Entonces un aire fresco, como una brisa divina, me hizo levantar la vista hacia el horizonte. Era el cerro negro que me llamaba. Con voz baja, como un susurro, decía mi nombre una y otra vez.

Silbé a Gudensky, que vagaba por ahí. Llegó corriendo.

—Negro, ¿estas escuchando algo?

—¿Nada, hermano? ¿Cómo que…?

—No, nada. Creí escuchar una radio —le mentí.

—Voy a caminar hasta el cerro —le dije.

—Ya —respondió—. De ahí te sigo.

Volví a caminar por las calles de tierra. Era un fantasma: no había gente, no existía vida en ese lugar más que nosotros. La naturaleza se venía revelando hace años, tomando el lugar que siempre fue suyo. El cerro se veía más grande, como si con el abandono se hubiera adueñado del territorio en silencio. El abandono era su oportunidad para revelarse contra el sistema.

Yo iba confiado. Sentía que todo lo que había pasado tenía un sentido casi celestial, aunque ya les dije que no creo en Dios ni en el cielo. Pero la fe es innata: la herramienta para subsistir ante cualquier cosa. ¿Resiliencia? Sí. Pero le decimos fe. Con esa fe empecé mi aventura hacia ese maldito cerro negro que tanto me esperaba.

Apenas puse un pie en la ladera, sentí que algo estaba fuera de lugar. Se notaba inexplorado. La maleza verde amenazaba cada paso. Era tramo difícil, y ya llevábamos días sin comer algo decente; la fuerza estaba escuálida. Pero la voz que me llamaba ya no era un susurro: era clara, familiar. De mujer, juraría.

Al llegar a la cima, por fin vi cielo claro. Crucé paredes de niebla espesa que por poco me hacen desistir. La voz no paraba: cada vez más seguido, con tonos distintos —mujeres, hombres, niños—, un coro diciendo JUAN. Miré alrededor: cerro y vegetación. Intenté ver el poblado; imposible, la neblina seguía cerrada.

Mientras me tragaba ese espectáculo natural que hace mucho no veía, escuché un roce leve entre los arbustos. Giré. Nada. Avancé. Una sombra pequeña cruzó. Me metí entre las ramas y apareció un cachorrito negro, iridiscente, como los de mis sueños. Me movió la cola, como dándome la bienvenida a su casa. Lo toqué… y todo se volvió oscuro.

Capítulo 17 — El trato

—No sé dónde estoy —repetía—. Soy Juan. No sé dónde estoy.

Lo decía para no perder la cordura. Era un lugar sin luz: no veía ni mis manos. Oscuridad total. De pronto, un gruñido gigante. Desde arriba bajaron dos ojos amarillos, lento, hasta quedar clavados en mí. Eran luz por sí solos; no iluminaban nada más.

Temblando, pregunté:

—¿Qué hago aquí?

—Este es tu lugar, Juan. Elegiste venir a quedarte. Y aquí estás.

—¿Y mi amigo? ¿Dónde está? Me quiero ir de aquí —dije duro.

—¿Irte tan rápido? Si acabas de llegar. Estás aquí por tu deseo, ¿recuerdas? Hagámoslo corto: ¿quieres la nueva vida que tanto deseas?

—Sí. Eso quiero. Siempre lo he querido.

—Entonces podemos dártela. Pero hay trato.

Los ojos se disolvieron. Apareció un tipo con cabeza de perro. Encendió una vela y se acercó.

—¿Qué es lo que más quieres en tu vida? No respondas: lo sé. Tus recuerdos, tus perros, tu amigo.

Abrió la mano. Unas uñas negras, largas, levantaron una fuente con tres peces flotando. Con una uña los fue atravesando, uno a uno. En el último me miró.

—Mira. Este es tu amigo: Gudensky.

Tragué saliva. Asentí. No era capaz de pronunciar palabra.

Desperté sobre pasto tan verde que dolían los ojos. Cielo despejado. Gaviotas volando hacia el mar. Brisa helada que no enfriaba porque el sol calentaba más: la mejor sensación de mi vida. Miré mis manos limpias. Toqué mi cara completa. Probé mis labios y pude sentirlos. Mis ojos y mi nariz funcionaban.

A lo lejos, tres perros jugaban. Me emocioné. Las lágrimas me corrían por las mejillas. Corrí hacia ellos, listo para jugar. Al llegar, me miraron… y huyeron, perdiéndose en el bosque.

Tenía lo que quería.

Pero había perdido todo lo que había amado.