Heredero del Infierno
Los primeros años
Miguel tenía treinta y cuatro años cuando todo se fue al carajo definitivamente. Pero si soy honesto, su vida había estado jodida desde que tenía memoria.
Hijo de madre soltera, criado en una casa de adobe en el campo, nunca supo ni el nombre de su padre. Su madre, Rosa, jamás le contó nada. Cuando él preguntaba de niño, ella se ponía seria y le decía que había cosas que era mejor no saber.
—Tu papá no era un buen hombre, mijito. Olvídate de eso y sigamos pa'delante.
Pero Miguel no podía olvidarse. No cuando desde los cinco años tenía esos sueños.
Siempre era lo mismo: se encontraba caminando por una ciudad completamente quemada, con edificios destruidos y calles cubiertas de ceniza. El aire olía a humo viejo y carne podrida. Y al final de una calle larga, siempre estaba él: un hombre alto con sombrero negro, traje negro y una capa que ondulaba sin viento.
Miguel trataba de acercarse, pero nunca lo lograba. Sus piernas se movían pero no avanzaba, como si caminara en una cinta que fuera hacia atrás. El hombre lo miraba desde la distancia con unos ojos que brillaban como brasas, pero nunca decía nada.
Lo peor era despertar. Porque no despertaba en su cama.
La primera vez que pasó tenía seis años. Su mamá lo encontró tirado en el corral, entre las gallinas, con la ropa empapada de rocío y tierra en el pelo. Pensó que había sonambuleado.
Pero siguió pasando. A los ocho años despertó arriba del cerro, a dos kilómetros de la casa. A los doce, lo encontraron en el pueblo, parado frente a la iglesia a las cinco de la mañana, descalzo y con los ojos perdidos.
—¿Qué hacías acá, Miguel? —le preguntaba su mamá, asustada.
—No sé, mamá. Estaba soñando con el hombre del sombrero.
Nunca se atrevió a contarle más detalles. Su mamá ya tenía bastante con criarlo sola y trabajar de sol a sol para mantenerlos. Además, cuando él mencionaba los sueños, ella se ponía blanca como papel y se persignaba.
La soledad del campo le había enseñado a vivir con sus fantasmas. No tenía amigos cerca, salvo Cristián, el hijo del vecino más próximo, que vivía a cinco kilómetros. Pero cuando cumplieron quince, la familia de Cristián se mudó a Santiago, y Miguel se quedó completamente solo.
Ahí fue cuando los sueños empezaron a cambiar.
La adolescencia maldita
A los diecisiete años, Miguel ya no sabía si estaba soñando o despierto.
Los sueños se habían vuelto más largos, más reales. Pasaba horas en esa ciudad quemada, explorando calles destruidas, edificios que se desplomaban lentamente. Y el hombre del sombrero cada vez estaba más cerca.
Pero lo que realmente lo jodió fue cuando empezó a ver cosas durante el día.
Primero fueron sombras que se movían por el rabillo del ojo. Después, criaturas volando por el cielo que nadie más parecía ver. Cosas largas y negras como mantas flotantes, con caras humanas que gritaban en silencio.
Por las noches veía otras cosas. Serpientes gigantes con cabezas de mujer que se arrastraban entre los cerros.
—Mamá, ¿tú no ves esas cosas volando? —le preguntó una tarde, señalando al cielo.
Su madre miró hacia donde él apuntaba. No había nada.
—Miguel, ¿estás bien? ¿Has estado tomando algo?
—No, mamá. Pero las veo. Las veo clarito.
Rosa se quedó callada un rato largo. Después fue a su pieza y volvió con una botella de vino.
—Tómate un trago —le dijo—. A veces ayuda a no ver tanto.
Esa fue la primera vez que Miguel tomó alcohol.
La caída
A los veinte años, Miguel era un alcohólico funcional. A los veintiuno, ya no era funcional.
Había dejado los estudios, no podía mantener ningún trabajo, y vivía encerrado en la casa, tomando hasta quedar inconsciente para no ver las criaturas que cada día eran más y más.
Pero el alcohol no bastaba. Las visiones seguían ahí, esperándolo cada vez que se sobriaba un poco.
Fue cuando conoció la pasta base.
Un día fue al pueblo a comprar trago y se encontró con unos cabros que andaban volados con algo que nunca había visto. Le ofrecieron y él, desesperado por cualquier cosa que lo hiciera olvidar, aceptó.
La pasta lo mandó a otro planeta. Por primera vez en años, no vio ni una sola criatura. Solo paz, silencio, y una sensación de que todo estaba bien.
Se enganchó inmediatamente.
Primero era solo pasta. Después cocaína cuando conseguía plata. El alcohol se volvió constante, como tomar agua. Su mamá trataba de ayudarlo, pero Miguel estaba perdido en un hoyo que cada día se hacía más profundo.
Las drogas silenciaban las visiones, pero cuando se le pasaba el efecto, volvían peor que antes. Era como si las criaturas se hubieran multiplicado mientras él no las veía.
A los veinticinco años, Miguel no aguantó más.
Los intentos
La primera vez trató de saltar de un edificio en Valparaíso. Se había ido al puerto con la excusa de buscar trabajo, pero en realidad quería terminar con todo de una vez.
Subió a un edificio de diez pisos, se paró en el borde, cerró los ojos y saltó.
Despertó en el hospital con una pierna quebrada y un hombro dislocado. Los médicos dijeron que había sido un milagro. Que había caído sobre un toldo que había amortiguado la caída.
Pero Miguel sabía la verdad. En el momento de saltar, había visto al hombre del sombrero parado en el aire frente a él, sonriendo. Lo había agarrado y lo había puesto suavemente sobre el toldo.
No quería que se muriera. Todavía no.
La segunda vez fue en una estación de tren abandonada cerca de Santiago. Se colgó de una viga con una cuerda que había comprado especialmente para eso.
Pero la cuerda se cortó. Se cortó sola, como si alguien la hubiera tajado con un cuchillo.
Miguel cayó al suelo, tosiendo y llorando, mientras el hombre del sombrero lo observaba desde las sombras de la estación.
—¿Por qué no me dejas morir, concha de tu madre? —le gritó.
El hombre no respondió. Solo sonrió y se desvaneció.
El psiquiátrico
Su mamá no pudo más. Cuando Miguel llegó a la casa después del segundo intento, sucio, drogado y hablando de hombres sombra que no lo dejaban morir, ella tomó la decisión más difícil de su vida.
Lo internó en un hospital psiquiátrico en Santiago.
—Es por tu bien, mijito —le dijo mientras los enfermeros se lo llevaban—. Necesitas ayuda que yo no te puedo dar.
Miguel pasó dos meses en ese lugar. Dos meses de pastillas, terapias grupales y doctores que le decían que todo estaba en su cabeza. Que las criaturas eran alucinaciones causadas por el abuso de drogas y alcohol.
Pero las pastillas no funcionaban. Seguía viendo las mismas cosas de siempre. Los espíritus demoniacos volando por los pasillos del hospital. Las serpientes arrastrándose por debajo de las camas de otros pacientes.
Y por las noches, el hombre del sombrero se paraba al pie de su cama y lo observaba dormir.
Una madrugada, Miguel no aguantó más. Se levantó, rompió la ventana de su cuarto con una silla, y se escapó por el patio del hospital. Saltó la reja y corrió hasta perderse en las calles de Santiago.
No volvió nunca más.
El reencuentro con Cristián
Miguel vivió en las calles por tres meses. Durmiendo en paraderos, pidiendo monedas, robando comida cuando podía. Las criaturas lo seguían a todas partes, pero ya había aprendido a ignorarlas un poco.
Hasta que un día, sentado en una plaza, escuchó una voz familiar.
—¿Miguel? ¿Miguel González?
Levantó la cabeza y vio a Cristián parado frente a él. Su amigo de la infancia había crecido, estaba bien vestido, con pinta de universitario.
—Hermano, ¿qué te pasó? —Cristián se sentó a su lado, sin importarle que Miguel oliera a mierda y vino—. Te ves terrible.
Miguel le contó todo. Los sueños, las criaturas, las drogas, el psiquiátrico. Cristián lo escuchó sin juzgarlo, como el amigo leal que siempre había sido.
—Ven a mi casa —le dijo—. Mi vieja te va a ayudar. Ella sabe de estas cosas.
La casa de Cristián era pequeña pero acogedora. Su mamá, la señora Carmen, recibió a Miguel como si fuera su propio hijo. Lo bañó, le dio ropa limpia, y le preparó una comida caliente.
—Mi hijo me contó lo que te pasa —le dijo mientras comían—. Y yo te creo, mijito. Hay cosas en este mundo que los doctores no entienden.
—¿Usted ha visto cosas así?
—No como tú. Pero mi familia siempre ha tenido... sensibilidad para lo sobrenatural. Y conozco a alguien que te puede ayudar.
La Quintrala
La mujer se hacía llamar la Quintrala. Vivía en una casa antigua en el centro, llena de velas, cristales y hierbas colgando del techo. Era morena, de unos cincuenta años, con ojos negros muy penetrantes.
—Tienes algo muy oscuro pegado —le dijo apenas lo vio—. Algo que viene de lejos, de muy atrás en tu linaje.
—¿Qué significa eso?
—Significa que esto no es solo tuyo, niño. Es una maldición familiar. Alguien en tu familia hizo algo que no debía, y tú estás pagando las consecuencias.
La Quintrala preparó un ritual para "limpiar" su aura. Prendió velas negras, quemó hierbas que olían a meado, y comenzó a recitar oraciones en un idioma que Miguel no reconocía.
Pero a los diez minutos de empezar, las cosas se pusieron feas.
Las velas se apagaron solas. La temperatura de la habitación bajó tanto que se podía ver el aliento. Y la Quintrala comenzó a convulsionar violentamente.
—¡Hay algo muy poderoso aquí! —gritó antes de caer al suelo—. ¡No puedo... no puedo con esto!
Cristián y Miguel trataron de ayudarla, pero fue inútil. La mujer se desmayó y no despertó más. La ambulancia se la llevó en coma, y hasta donde Miguel supo, nunca despertó.
Antes de caer inconsciente, la Quintrala alcanzó a murmurar algo:
—Los Viejos del Abismo... ellos sabrán... busquen a los Viejos del Abismo en la cordillera...
Las manos negras
Mientras buscaban información sobre los "Viejos del Abismo", Miguel comenzó a notar algo extraño en sus manos.
Al principio era solo una mancha oscura en las palmas, como si se hubiera manchado con tinta. Pero con los días, la oscuridad se extendió por los dedos, por las muñecas, subiendo por los antebrazos.
No era suciedad. Era como si la misma piel se estuviera volviendo negra. Y lo más raro era que de las manos salía como una energía, una vibración que hacía que todo lo que tocara se sintiera frío.
—Esto no es normal —le dijo a Cristián, mostrándole las manos.
—Hermano, tenemos que apurarnos. Creo que lo que sea que tienes te está comiendo.
Después de una semana de preguntar, encontraron a alguien que había oído hablar de los Viejos del Abismo. Era una secta que vivía en las montañas. Gente que se dedicaba a combatir fuerzas oscuras.
—Pero no es fácil llegar hasta ellos —les dijo el contacto—. Hay que caminar varios días por la cordillera. Y no reciben a cualquiera.
Miguel ya no tenía más opciones. Las manos negras le llegaban hasta los codos, y había empezado a sentir que algo se movía dentro de él. Algo que no era él.
El viaje a la cordillera
Cristián lo acompañó hasta donde pudo. Tomaron micros hasta donde podían llegar y de ahí empezaron a caminar.
Fueron dos días de subida por senderos de cabra, durmiendo en sacos de dormir y comiendo latas frías. Miguel se sentía cada vez peor. Las manos negras ahora le llegaban hasta los hombros, y por las noches escuchaba voces que le hablaban en idiomas extraños.
Al tercer día, en medio de la nada, apareció un hombre.
Era viejo, completamente pelado, con toda la cabeza tatuada con símbolos que Miguel no reconocía. Llevaba una túnica gris y collares de piedras y madera que le colgaban hasta el pecho.
—Ustedes buscan a los Viejos del Abismo —no era una pregunta.
—Sí —respondió Miguel—. Necesito ayuda.
El hombre lo miró de arriba abajo, y cuando vio las manos negras, retrocedió un paso.
—Yo soy Aldebarán. Los voy a llevar con Polaris, pero hay reglas. Nada de celulares, nada de tecnología. Y tú —le señaló a Miguel—, no me toques jamás. Tu aura está maldita de una forma que nunca había visto.
Cristián se tuvo que quedar en el campamento base. Solo Miguel podía seguir.
—Te voy a esperar acá, hermano —le dijo—. Haz lo que tengas que hacer.
Polaris
El líder de los Viejos del Abismo era un hombre de unos sesenta años, flaco como palo de escoba, con una barba blanca que le llegaba al pecho. Cuando Miguel llegó, estaba en un "viaje místico" con ayahuasca y no lo podía recibir.
—Tienes que esperar —le dijo Aldebarán—. Y mientras tanto, ayunas. Nada de comida por dos días. Solo agua.
Miguel esperó en una carpa de lona, muriendo de hambre, viendo como su cuerpo seguía ennegreciéndose. Ya no eran solo las manos. La oscuridad le había subido por los brazos y empezaba a extenderse por el pecho.
Cuando Polaris finalmente lo recibió, el hombre lo miró con unos ojos azules que parecían ver más allá de lo visible.
—Tu alma está en peligro, hijo. Pero para salvarte, tengo que mandarte a un lugar donde nadie debería ir. ¿Estás dispuesto?
—Sí.
—El ritual tiene que ser lejos de aquí. En un lugar sagrado en lo alto de la montaña. Y después de esto, si sobrevives, vas a tener que servir a la comunidad toda tu vida. Es el precio.
Miguel aceptó. Ya no tenía nada que perder.
Los quince días
El viaje con Polaris fue una tortura.
Caminaron quince días por senderos que no aparecían en ningún mapa, durmiendo en cuevas, comiendo apenas un pedazo de charqui al día. Polaris casi no hablaba, solo cuando era necesario para decirle que siguiera caminando.
Miguel sentía que se moría un poco cada día. La oscuridad ya le cubría medio cuerpo, y por las noches escuchaba risas que venían de adentro de su cabeza.
El último día llegaron a una montaña que tenía una planicie en la cima. El lugar estaba marcado con piedras talladas con símbolos antiguos, y el suelo era un mosaico natural de ladrillos de piedra perfectamente cuadrados.
—Aquí es —dijo Polaris—. Quítate toda la ropa.
De su mochila sacó tres cabezas de gorrión muertas, una botella con sangre de vaca, y el pellejo completo de un perro. Por eso todo el camino había olido a mierda y podredumbre.
—Ahora vas a viajar en tu alma y vas a revelar la verdad —le explicó mientras preparaba los elementos—. Cuando veas a tu alma en el espejo, vas a tener tres preguntas. Aprovéchalas bien.
Le entregó un vaso con leche agria y otro con una infusión verde que tenía gusto a tierra y amargura.
—Primero un sorbo de leche. Esa leche es de una mujer que parió hace tres meses. Después tomas el líquido verde. Después te tomas toda la leche que queda.
Miguel obedeció. La leche estaba cortada y el sabor era asqueroso. El líquido verde era peor, como tomar barro líquido con sabor a plantas podridas.
Polaris comenzó a recitar algo en un idioma que sonaba como si fuera anterior a cualquier civilización conocida.
El viaje al alma
A los diez minutos, Miguel empezó a vomitar.
No fue un vómito normal. Fueron arcadas violentas que le sacaron todo lo que tenía en el estómago, después bilis, después sangre. Vomitó hasta que sintió que se le iban a salir las tripas por la boca.
Cuando finalmente paró, se encontró arrastrándose por el suelo de piedra, pidiendo agua a gritos.
—¡Polaris! ¡Dame agua, por favor!
Pero cuando levantó la cabeza, Polaris ya no estaba.
La oscuridad se lo había tragado. No era la oscuridad normal de la noche. Era una oscuridad que se movía, que tenía vida propia, que devoraba todo a una velocidad imposible.
Miguel gritó, pero su voz se perdió en el vacío.
En cuestión de segundos, se encontró en el lugar de sus sueños. La ciudad quemada. Pero esta vez era diferente. El olor a quemado lo impregnaba todo, el humo le llenaba los pulmones, el calor era tan intenso que le quemaba la piel.
Y entonces escuchó la risa.
Era una risa terrible, sobrenatural, que venía de todas partes y de ninguna. Una risa que se metía dentro de su cabeza y le hacía vibrar los huesos. Se tapó los oídos pero no sirvió de nada. La risa estaba adentro de él.
Cuando finalmente paró, Miguel empezó a caminar sin rumbo, siguiendo solo su instinto de encontrar el espejo de su alma que le había mencionado Polaris.
Caminó por horas por calles de ceniza y edificios derretidos, hasta que vio algo brillar a la distancia.
El encuentro con su alma
El brillo venía de unos dientes. Dientes de oro que reflejaban las llamas que ardían en los edificios.
Miguel corrió hacia la luz, y cuando se acercó, vio al hombre de sus sueños parado en medio de la calle. Alto, vestido completamente de negro, con una capa que ondulaba sin viento y un sombrero que le ocultaba la mitad de la cara.
Pero ahora podía ver sus dientes. Todos de oro puro, brillando con una luz que no venía del fuego.
—Por fin me encontraste, Miguel —dijo el hombre con una voz que era como el eco de mil voces hablando al mismo tiempo.
—¿Quién eres tú? —logró preguntar Miguel, aunque las piernas le temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie.
—Hablemos sobre tu alma. Yo soy tu alma. Si buscas el espejo que te dijo ese hippie de mierda, ahí está, roto. Lo hice mierda hace años, cuando naciste.
El hombre señaló hacia un lado. En el suelo había miles de pedazos de cristal roto, mezclados con la ceniza.
Miguel retrocedió, sin poder comprender lo que estaba escuchando. ¿Ese hombre negro era su alma? ¿Cómo era posible?
Trató de correr en sentido contrario, pero no avanzaba. Sus piernas se movían pero se quedaba en el mismo lugar, como en los sueños de su infancia.
El hombre se elevó del suelo y voló hacia él como si fuera humo negro. Lo agarró del cuello con una fuerza sobrehumana y comenzó a estrangularlo.
Miguel sintió como se le quebraba el cuello, escuchó el sonido de sus propios huesos rompiéndose. Pero su conciencia seguía ahí, viva, mientras caía al suelo.
Todo a su alrededor se prendió fuego. Las llamas lo devoraron todo, incluyéndolo a él, pero sin matarlo.
Y entonces despertó.
El despertar
Miguel abrió los ojos bajo un sol abrasador, en medio de un campo seco y amarillo. Estaba completamente desnudo, tirado en la tierra, sin ningún recuerdo de cómo había llegado ahí.
No sabía dónde estaba. No reconocía el paisaje. Solo sabía que no estaba en la montaña donde había hecho el ritual.
Se levantó como pudo, desorientado, y caminó sin rumbo hasta que encontró una roca grande. Encima había una chaqueta de cuero negro, larga hasta las rodillas, como si alguien la hubiera puesto ahí para él.
Era lo único que tenía, así que se la puso.
Mientras se abrochaba la chaqueta, sintió algo en uno de los bolsillos. Era una tarjeta negra, brillante, como si fuera nueva. Por un lado decía "Bienvenido" en letras doradas. Por el otro, había una dirección escrita con la misma tinta dorada.
Lo extraño era que la tarjeta parecía recién impresa, pero la chaqueta estaba vieja, gastada, como si hubiera sido usada por años.
Miguel caminó varios días, durmiendo donde podía, comiendo lo que encontraba, hasta que llegó a una carretera. Ahí consiguió que alguien lo llevara de vuelta a Santiago.
Cuando llegó a su casa, su mamá casi se muere del susto.
—¿Dónde estuviste, Miguel? ¡Hace un mes que no sabía nada de ti!
¿Un mes? A él le parecía que habían pasado solo unos días.
Pero no tenía tiempo para explicaciones. Tenía que ir a esa dirección.
Samba Rumbo
La dirección lo llevó a un callejón en el centro. Al final del pasaje había una casa pequeña con un letrero pintado a mano que decía "Samba Rumbo".
Miguel entró por una puerta de madera vieja. El lugar estaba lleno de incienso, tanto que le dio una tos inmediata. En el mesón no había nadie.
De pronto apareció un hombre que parecía mujer, maquillado, con ropa femenina pero con voz masculina.
—¿Qué desea el joven? —le preguntó con voz cantarina.
Miguel le pasó la tarjeta sin decir nada.
—Ah, usted viene por el señor. Pase por acá.
Lo guió por una cortina hacia un pasillo completamente oscuro. Al final había una luz tenue, como de velas.
La ceremonia
Lo que Miguel vio al final del pasillo le quitó el aliento.
Una mujer joven, de unos veinticinco años, estaba levitando a un metro del suelo. Su cuerpo estaba cubierto por una tela blanca casi transparente que se pegaba a su piel, mostrando cada curva. Su piel era clara como el agua, y colgaba en el aire como si la gravedad no existiera para ella.
Un hombre enmascarado, vestido con túnicas negras, levantaba lentamente las manos hacia ella. La máscara cubría toda su cara y tenía símbolos grabados que brillaban con luz propia.
El humo del incienso era tan denso que Miguel apenas podía respirar. El olor era tan profundo que parecía entrar directo al cerebro, haciéndolo olvidar que necesitaba aire.
La habitación estaba llena de gente. Algunos usaban máscaras, otros túnicas, todos observando la ceremonia en silencio absoluto. Era claramente una secta o grupo religioso fanático.
Mientras la ceremonia continuaba, Miguel sintió un olor a podredumbre horrible. Una mezcla de carne descompuesta que se metía por la nariz como una bofetada.
Fue ahí cuando se fijó que el hombre enmascarado tenía detrás del altar de piedra un saco de tela manchado de sangre. Sangre fresca que goteaba al suelo formando un charco oscuro.
De repente, la mujer que levitaba dejó de flotar y se posicionó suavemente en una cama que parecía más bien un altar. Tenía sábanas blancas, pero manchadas con símbolos dibujados con algo que parecía sangre.
Cuando la mujer tocó la cama, sus ojos se abrieron y miraron directamente a Miguel.
Era la mirada más intensa que había recibido en su vida. Como si ella pudiera ver dentro de su alma, como si supiera exactamente quién era él y por qué estaba ahí.
Miguel le devolvió la mirada, y en ese momento sintió una conexión que no pudo explicar. Era como si se conocieran de antes, como si hubieran estado esperando encontrarse toda la vida.
La mujer sonrió, y Miguel supo que su vida acababa de cambiar para siempre.
Javiera
Después de la ceremonia, la mujer se acercó a él.
—Me llamo Javiera —le dijo con una voz suave pero segura—. Tú eres Miguel, ¿verdad?
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Lo supe en el momento que te vi. He estado esperándote.
Javiera lo llevó aparte, lejos del grupo. Le explicó que el hombre enmascarado era su padre, que se llamaba Esteban, y que tenía poderes psíquicos reales.
—Pero él trabaja con espíritus negros —le dijo—. Espíritus muy peligrosos. Y creo que tú tienes algo que ver con eso.
—¿Qué quieres decir?
—Miguel, ¿tú sabes quién es tu padre?
La pregunta que había estado evitando toda su vida.
—No. Mi mamá nunca me dijo nada.
Javiera lo miró con una mezcla de pena y miedo.
—Yo sí sé quién es. Mi padre me lo mostró en una visión. Miguel... tu padre no es humano.
La revelación final
Esa noche, Javiera lo llevó a su departamento. Era un lugar pequeño pero lleno de libros antiguos, velas, y objetos extraños que Miguel no reconocía.
—¿Qué quieres decir con que mi padre no es humano? —le preguntó mientras ella preparaba té.
—Mi padre puede ver el pasado de las personas cuando las toca. Y cuando él te vio hoy, tuvo una visión de tu concepción.
Javiera se sentó frente a él y lo miró a los ojos.
—Miguel, tu padre es el mismísimo demonio. Lucifer. Satanás. Como quieras llamarlo. Él se presentó ante tu madre hace treinta y cinco años, tomó forma humana, y la embarazó de ti.
Miguel sintió como si el mundo se detuviera.
—Eso es imposible.
—¿Lo es? Explícame las criaturas que ves. Explícame los sueños. Explícame por qué no te pudiste matar cuando lo intentaste. Explícame las manos negras.
Todo tenía sentido. Horrible, aterrador sentido.
—Pero hay algo más —continuó Javiera—. Algo que mi padre vio en la visión y que me asustó mucho.
—¿Qué?
—Estoy embarazada, Miguel. De tres semanas. Y el bebé es tuyo.
Miguel se quedó helado.
—¿Cómo? Si recién nos conocimos hoy.
—No en esta realidad. En los sueños. En el plano astral. Hemos estado encontrándonos por meses sin que te dieras cuenta. Y ahí... ahí concebimos a nuestro hijo.
La información era demasiada. Miguel se levantó y empezó a caminar por el departamento, tratando de procesar lo que estaba escuchando.
—Si yo soy hijo del demonio... y tengo un hijo contigo...
—Nuestro hijo será el heredero del infierno —terminó Javiera—. El futuro rey de los demonios.
Miguel se desplomó en una silla. Todo lo que había vivido, todas las visiones, todos los intentos de muerte fallidos, habían sido para llevarlo a este momento.
—¿Y qué se supone que haga ahora? —murmuró, con la cabeza entre las manos.
—Mi padre dice que tienes una opción —respondió Javiera, acercándose a él—. Puedes aceptar tu naturaleza demoníaca y convertirte en lo que naciste para ser. O puedes luchar contra ella.
—¿Y si lucho?
—Probablemente mueras. O algo peor.
Miguel levantó la cabeza y la miró. Javiera tenía lágrimas en los ojos.
—¿Tú qué quieres que haga?
—No lo sé. Pero sé que te amo, aunque eso suene loco. Y sé que nuestro hijo viene, lo queramos o no.
Los primeros cambios
En las semanas siguientes, Miguel se quedó viviendo con Javiera. Cada día que pasaba, su cuerpo cambiaba más.
La oscuridad ya no eran solo sus brazos. Se había extendido por todo su torso, sus piernas, su cuello. Solo su cara seguía siendo humana, pero sus ojos habían empezado a cambiar de color. De café claro a un amarillo dorado que brillaba en la oscuridad.
Y no era solo físico. Miguel podía sentir cosas que antes no sentía.
Podía percibir las emociones de las personas solo estando cerca de ellas. Sabía cuando alguien mentía. Podía ver el aura de las personas, y distinguir quiénes tenían alma limpia y quiénes la tenían corrupta.
Pero lo más perturbador era que podía escuchar las oraciones.
Cada vez que alguien rezaba, él lo escuchaba. Miles de voces susurrando al mismo tiempo, pidiendo ayuda, perdón, protección. Era como tener una radio sintonizada en todas las estaciones religiosas de la ciudad.
—Es porque eres el príncipe de los demonios —le explicó Esteban, el padre de Javiera—. Tu padre puede escuchar todas las oraciones del mundo. Y tú estás heredando esa habilidad.
Esteban había resultado ser menos siniestro de lo que parecía. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, que había dedicado su vida a estudiar lo sobrenatural. Cuando se quitaba la máscara, tenía una cara amable, llena de arrugas, con ojos grises muy inteligentes.
—¿Y qué pasa si no quiero ser el príncipe de los demonios? —le preguntó Miguel.
—Entonces tienes que encontrar la forma de cortar tu conexión con tu padre. Pero eso significaría renunciar a todo el poder que tienes, y probablemente matarte en el proceso.
La visita del padre
Una noche, mientras Miguel dormía junto a Javiera, su padre se le apareció en sueños.
Pero esta vez no era el hombre sombra de antes. Esta vez tomó su forma real.
Era exactamente igual a Miguel, pero más alto, más imponente. Tenía la misma cara, el mismo pelo, los mismos ojos dorados. Pero su presencia llenaba todo el espacio, como si fuera demasiado grande para caber en cualquier lugar.
—Es hora de que hablemos, hijo —le dijo con una voz que resonaba como truenos lejanos.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero que vengas a casa. Que ocupes tu lugar a mi lado. El infierno necesita un heredero, y tú naciste para eso.
—¿Y si me niego?
Lucifer se rió, y el sonido hizo temblar todo el mundo de los sueños.
—¿Te niegas? Mira lo que ya estás volviéndote. Tu cuerpo está cambiando porque tu alma demoníaca está despertando. No puedes luchar contra tu propia naturaleza para siempre.
—Puedo intentarlo.
—Puedes. Pero piensa en Javiera. Piensa en mi nieto. ¿Vas a condenarlos a una vida de sufrimiento porque tú no quieres aceptar lo que eres?
Miguel se despertó empapado en sudor. Javiera estaba a su lado, con la mano sobre su vientre que ya empezaba a notarse.
—¿Tuviste otra pesadilla? —le preguntó.
—No era una pesadilla. Era él.
La decisión
Los meses pasaron. El embarazo de Javiera avanzaba, y Miguel se transformaba cada día más.
Sus manos ya no eran negras. Ahora tenían garras. Garras reales, afiladas como cuchillos, que crecían en lugar de las uñas. Su piel había tomado un tono grisáceo, y cuando se miraba al espejo, a veces veía cuernos pequeños empezando a salir de su frente.
Pero lo peor eran los instintos.
Cada día le costaba más controlar la rabia. Pequeñas cosas lo hacían explotar de ira. Una vez, un tipo lo empujó en el metro y Miguel lo agarró del cuello y casi lo mata. Solo la intervención de Javiera lo detuvo.
—No puedes seguir así —le dijo ella esa noche—. Vas a lastimar a alguien. O me vas a lastimar a mí.
—Lo sé. Pero no sé cómo pararlo.
—Mi padre dice que hay una ceremonia. Una forma de separar tu alma humana de tu alma demoníaca. Pero es muy peligrosa.
—¿Qué tan peligrosa?
—La mayoría de la gente que lo intenta muere. Y los que sobreviven quedan... diferentes. Pueden perder la memoria, la personalidad, todo lo que los hace ser ellos mismos.
Miguel miró por la ventana. En la calle, una mujer caminaba con sus hijos. Una familia normal, viviendo una vida normal. Algo que él nunca podría tener.
—Quiero intentarlo —dijo.
La ceremonia final
La ceremonia se hizo en el mismo lugar donde había conocido a Javiera. Pero esta vez el ambiente era diferente. Más serio, más peligroso.
Esteban había reunido a todos los miembros de su grupo. Había como veinte personas, todas vestidas de negro, todas con expresiones graves.
—Lo que vamos a hacer esta noche es muy peligroso —les explicó Esteban—. Vamos a intentar separar dos almas que han estado unidas desde el nacimiento. Si algo sale mal, Miguel puede morir. O algo peor.
Miguel se acostó en el altar de piedra, desnudo, mientras Esteban dibujaba símbolos a su alrededor con sangre de cabra. Javiera estaba parada a un lado, llorando, con su vientre de seis meses como un recordatorio de lo que estaba en juego.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Esteban por última vez.
—Sí.
La ceremonia comenzó. Esteban y los otros empezaron a recitar en el mismo idioma antiguo que había escuchado en la montaña con Polaris. Las velas se encendieron solas, el aire se llenó de un humo espeso que olía a azufre.
Miguel sintió como si lo estuvieran desgarrando por dentro. Un dolor indescriptible que empezaba en el pecho y se extendía por todo su cuerpo. Era como si le estuvieran arrancando la mitad del alma con las manos.
Gritó hasta que se le desgarró la garganta. Se retorció en el altar como si lo estuvieran electrocutando. Las garras le crecieron hasta volverse enormes, los cuernos le salieron completamente de la frente.
Y entonces vio a su padre.
Lucifer apareció en la habitación, pero esta vez en su forma real. Tres metros de altura, alas negras enormes, ojos como brasas, una presencia que hizo que todos los demás cayeran de rodillas.
—¡Basta! —rugió con una voz que hizo temblar los cimientos del edificio—. ¡No vas a quitarme a mi hijo!
La transformación final
Pero era demasiado tarde. La ceremonia ya había empezado a funcionar.
Miguel sintió como algo se desgarraba dentro de él. Dos presencias que habían estado unidas desde su nacimiento se separaban violentamente.
Su alma humana, débil pero pura, trataba de aferrarse a su cuerpo.
Su alma demoníaca, poderosa y oscura, luchaba por mantener el control.
Por un momento, Miguel fue las dos cosas al mismo tiempo. Sintió la compasión y el amor de su lado humano, pero también la rabia y el poder de su lado demoníaco.
Y en ese momento, tuvo que elegir.
Podía quedarse con su alma humana, ser débil pero bueno, vivir una vida normal con Javiera y su hijo.
O podía abrazar su naturaleza demoníaca, volverse poderoso, pero perder todo lo que lo hacía humano.
Miró a Javiera, que lloraba mientras lo veía transformarse. Miró a su padre, que lo observaba con una mezcla de orgullo y expectativa.
Y tomó su decisión.
Miguel dejó ir su alma humana.
La sintió desvanecerse como humo, llevándose con ella todos sus recuerdos de amor, compasión, miedo. Todo lo que lo había hecho humano se desvaneció en el aire.
Lo que quedó fue puro demonio.
Miguel se levantó del altar, pero ya no era Miguel. Era algo más. Algo más fuerte, más inteligente, más poderoso de lo que había sido jamás.
Sus ojos brillaron con fuego dorado. Sus garras relucieron como metales preciosos. Los cuernos en su frente se alzaron orgullosos hacia el techo.
Miró a Javiera, pero ya no sintió amor por ella. Solo posesión. Era suya, junto con el hijo que llevaba en el vientre.
Miró a su padre, y por primera vez en su vida, sonrió con genuina felicidad.
—Bienvenido a casa, hijo —le dijo Lucifer.
—Es bueno estar en casa, padre.
Epílogo: La nueva era
Seis meses después, nació el niño.
Javiera lo tuvo en el mismo altar donde Miguel había hecho su transformación final. El bebé nació con ojos completamente negros y una marca en la frente que parecía una estrella invertida.
Miguel, que ahora se hacía llamar por su nombre demoníaco, Belial, tomó a su hijo en brazos.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Javiera, débil después del parto.
—Damián —respondió Belial—. Como su abuelo cuando estuvo en la Tierra.
El bebé no lloró al nacer. Solo miró a su padre con esos ojos negros infinitos, como si entendiera exactamente quién era y para qué había nacido.
En el horizonte, las luces parpadearon y se apagaron por un momento. Como si la ciudad misma hubiera sentido que algo había cambiado en el equilibrio del mundo.
Lucifer sonrió mientras observaba a su hijo y su nieto.
La nueva era estaba por comenzar.
Y esta vez, el infierno tenía un heredero digno de su trono.