Cuentos / Micro cuentos

¿Yo qué sé de cactus?

¿Yo qué sé de cactus? En realidad, nada, pero nada. O sea, sé que tienen espinas a veces y eso, pero hasta ahí no más pues.

Un día entre los cerros, cuando me las daba de deportista y andaba webeando a las 5 AM subiendo cerros como los weones (sin ofender), en una parada antes de llegar a las cimas me encontré una casa pequeña de calamina y adobe. Yo, que iba más cansado que la cresta, me puse a descansar afuera en un pequeño techo que había en este rancho.

Cuando, de repente, de la casucha, se abrió una puerta de madera vieja y sale un viejo más arrugado que una pasa.

—Pásale, hombre, acá dentro está más fresco —me dice.

—Hola —le dije todo tímido, para no mostrar que casi me cagué del susto al verlo aparecer.

Entré a la guarida de este señor y me dice:

—Siéntate donde quieras no más, mijitin.

Bueno dije, me senté. Y soltó:

—Estoy haciendo un caldo de pencas con rana albina. Eso le va a dar la juerza pa’ allegarle a la cima, iñor.

Yo, cagado de hambre y sin mentir, sentí que ese menjunje tenía bastante buen buqué. Me atreví, no ma’ qué weá. Le di dos vasos al seco de la supuesta mezcla levantamuertos y, efectivamente, era algo de otro mundo.

Bueno, ya satisfecho y saciado de sed, decidí pararme para seguir mi camino. Pero en nada de tiempo comencé a ver todo extraño. Me mareé un poco. Salí de golpe hacia la puerta, la abrí y respiré profundo el aire limpio.

Pero algo raro había.

Porque me di cuenta de que no caminé… salté. Sí, weón, salté hacia afuera, pero un salto grande. Y cuando miré, estaba en cuatro patas. Mis ojos podían ver otros colores y mis manos tenían membranas. Mi cuerpo era húmedo y de piel amarilla verdosa.

“¿Qué mierda me dio este viejo culiao? Por la cresta, ¿qué voy a hacer?”

Tenía hambre, mucha hambre. Había moscas. Comencé a comérmelas todas de un lengüetazo, las atrapaba al vuelo.

Me había convertido en una rana albina de esas montañas.

Y hasta ahí recuerdo, porque al otro día desperté en un charco de barro donde junto a todos mis amigos croábamos a coro.

Hogar de los ecos

Regresé a su casa cuando me llegó la noticia a las manos. Una carta en papel. Extraño, ¿no? Fueron años sin ver los paisajes pasar por mis ojos, y más cuando el verde ya no es lo común que se ve hoy. Me fui del sur después de que me trasladaron del internado a Santiago. Fueron años sin pisar esa casa: afuera, unas plantas, los muros de adobe agrietados, el mismo portón oxidado, todo siendo presa fácil del tiempo, que fue devorándolo todo.

No me dolió la muerte de él... o sea, no exactamente. Más me dolió el silencio que se podía oler entre esas paredes. Fue como un animal dormido que, al verme cruzar ese viejo umbral, despertó.

Mis fotografías seguían intactas, como esperando a que yo regresara. Sobre la mesa, el viejo mantel de hule, con cortes y ya borrado, marcado en un solo puesto: el de él. Presa del polvo, sobre su lugar, un cuaderno con su letra temblorosa y la fecha del día en que me fui.

La primera noche dormí en el viejo sofá que, más que esponja, parecía un esqueleto. Bueno, él nunca fue alguien de cuidado, y menos de pensar en los demás. Dormí ahí, no por nostalgia, sino porque no podía entrar a mi antigua habitación. Al volver a ver los mismos muebles, sentía que todo tenía un aspecto extraño... como si cada objeto en la casa respirara por sí mismo.

En la cocina, el reloj de mica —ya opaco por los años— seguía donde mismo, marcando las 3:17. La misma hora en que solía despertarme cuando niño, tras alguna pesadilla.

A la mañana siguiente comencé a revisar el cuaderno. No era un diario. No exactamente. Eran fragmentos, frases sueltas, al aire. Palabras que parecían dirigidas a alguien, pero no decía a quién. Algunas líneas estaban tachadas con fuerza. Otras parecían duplicarse, copiadas varias veces, como quien quiere recordar algo... o castigarse.

"No supe quererlo. Solo supe repetir lo que me enseñaron."

"¿Y si el silencio fue mi única forma de amor?"

Me senté en el suelo —como logré caer— de espaldas a la puerta del dormitorio. Las palabras me envolvieron como una tormenta huracanada que recién ahora comprendía. Él no me pedía perdón, pero tampoco se excusaba. Solo escribía, como quien se prepara para ser visto por última vez.

Estuve horas ahí, en el suelo, como si moverme fuera traicionar el momento. Afuera, los pájaros apenas cantaban. La casa tenía esa luz espesa de los inviernos viejos, como si hasta el sol dudara en entrar. Me levanté al fin, con las piernas entumidas, y caminé hacia el dormitorio. No entré. Solo apoyé la mano en la puerta cerrada. Esa madera aún tenía la marca de mi infancia: un dibujo mal trazado con tiza que él nunca borró, pero tampoco comentó. Como tantas cosas.

Volví a la cocina. Preparé un té con una bolsa vieja, guardada sabe Dios desde cuándo. El agua sabía a óxido. Mientras bebía, abrí de nuevo el cuaderno. Al final de una página, casi ilegible, con tinta corrida, había una frase encerrada en un cuadro improvisado, como si hubiera querido evitar que se escapara:

"Nunca aprendí a ser padre. Solo quería no parecerme al mío."

Tuve que soltar el cuaderno. Esa línea me golpeó más que cualquier cosa que recordaba haber oído de su boca. No era una confesión. Era una grieta. Una grieta que, si no me cuidaba, podía devorarme.

Entonces lo recordé.

Tenía ocho años, tal vez nueve. Una noche, después de un castigo, lo vi llorar en silencio en la cocina. Lloraba con la cabeza hundida entre las manos. Yo no entendí. Me escondí detrás del marco de la puerta y me quedé mirando. Nunca lo hablé con nadie. Ni siquiera conmigo.

Esa imagen volvió con fuerza. No como una explicación, sino como una astilla que ahora se clavaba con más rabia, porque entendía todo... y también nada.

La noche en que se fue

Rápido guarda sus ropas en bolsas de mano, mientras su segundo hijo toma de la mano al menor. Es una noche helada de julio. Con premura, dispone la partida. Lleva a su hija en brazos, pequeña, de suave pelo negro, dormida como si no supiera que el mundo ya había empezado a quebrarse.

Ya se venía rumoreando por el sector. Las viejas de lenguas sueltas comentaban que la Florecita no era muy tranquila, a pesar de estar casada. Marido alcohólico, violento. Tres hijos. Una mujer que no tenía cómo vivir más que con él.

Pero los viejos eran testarudos, sobre todo en esos años. "Fácil dejar a tus huachos botados", decían. Pero que una madre dejara un hijo… ahí todos se llenaban el hocico. Eso decía doña Petronila, la vecina de por ahí.

Eran las ocho de la tarde cuando se escucharon los perros ladrar, incesantes. La señora Lidia abrió la puerta café de madera cruzada, se paró bajo el umbral de adobe, unos pasos antes de la galería, y gritó:

—¿Quién anda ahí? ¿Qué quieren?

No se escuchó respuesta.

Cuando se disponía a cerrar y apagar el chonchón, escuchó un llanto suave, como de un bebé. No muy convencida, alumbró hacia afuera y vio una sombra de mujer. Abrió la puerta con cuidado, metió la cabeza, y con pasos rápidos y sigilosos fue hasta el portón de palo que se afirmaba antes del puente.

—¿Qué estay haciendo aquí, mujer? No quiero que tu marido te venga a buscar acá.

Más atrás estaban los niños, pero ella traía a la guagua en brazos.

—No, señora Lidia, no vengo por el Arnaldo. Necesito que me deje pasar por su sitio... porque me voy pa'l sur. ¿No ve cómo me dejó este desgraciao? Y las viejas ya andan hablando…
—Ya, entra, oh. Vámonos por el lao del gallinero, porque tampoco quiero que el Manuel se entere que andai por acá.

Fue apenas un cruce de palabras, pero en el silencio final, los corazones se separaron. Como si alguien quebrara un duraznero en flor con las manos desnudas, sin querer, pero sin remedio.

Las últimas palabras que cruzaron, justo antes de alejarse, fueron dichas sin llanto, sin ruido, como quien entrega algo que nunca fue del todo suyo:

—Cuide a la niña. Yo sé que con usted va a estar mejor.

Animita del cruce

Mientras pasaba por el callejón donde ya hace cuatro años vivo, justo en el cruce ferroviario, siempre miraba —sin demasiada importancia— las tres o cuatro animitas que hay. Algunas están cerca, otras más a lo lejos, pero todas medias olvidadas. Una vez, creo haber visto a una señora ya de edad limpiando una, la que está a unos siete metros del paso.

No me interesaban mucho. Hasta donde entiendo, son personas que por algún motivo murieron en las vías. ¿Por qué? No tengo idea. Me importa… un poco, porque al final son vidas perdidas. Gente que tenía su historia. Eso pensaba. Hasta ayer.

Ayer, justo cuando iba cruzando, el tren se podía oír cerca. Pitó un par de veces. Yo, siempre precavido, esperé para poder seguir mi camino habitual hacia la calle principal. Pero me llamó la atención una señora de edad que cruzó sin darse cuenta de que el tren venía muy cerca.

Sinceramente, me impacienté al verla tan negligente. Fue un latido fuerte y rápido lo que sentí, como un eco que hizo resonar el tren al pasar, dejando esa brisa de golpe, y esos pasos metálicos: tutumtutum tutumtutum tutumtutum.

La señora me miró y dijo:

—Casi me agarra el pata e fierro, mi niño…

Yo, impresionado por su reacción, que parecía una risa nerviosa más que otra cosa, le pregunté si estaba bien.

Ella cerró los ojos, ignorando mi pregunta, y susurró algo que apenas entendí:

—Cruz pal cielo…

Hizo el gesto de la cruz, se reincorporó, y recién entonces me respondió:

—Sí, mijo, estoy bien. Usted sabe que a esta edad anda pensando cualquier cosa.
—Sí —le dije, aún medio cautivado, con la duda viva sobre qué tipo de ritual acababa de hacer. ¿Será que le daba gracias a Dios? No sé… por el momento no quise preguntar. Más bien, quise ayudarla. Me ofrecí a llevarle las bolsas.

Vivía cerca, diría yo, a unos veinte metros del cruce. Ya la había visto antes, en la entrada de su casa, cuando ponía el brasero y la tetera pitaba con el agua hirviendo.

Después de dos o tres palabras más, me atreví a preguntarle por el gesto. Tal vez religioso, o al menos eso entendí.

Ella se puso seria.

—¿Usted no sabe lo del finaíto Manuel?

Me eché un poco para atrás. El aire se puso denso, como si entráramos en uno de esos cuentos antiguos que se contaban al lado del fuego.

—No —le dije—, no sé de qué me habla.
—Vaya a mirar la animita del costado, esa que está al lado del arbusto chico, atrás de la casa del vecino Jorge.
—Ya, pero cuénteme primero —le insistí—. ¿Quién es Manuel? ¿Y qué tiene que ver con lo que pasó recién… y con ese gesto que usted hizo?
—Mire, mijo, yo le voy a decir una cosa —me dijo, clavando los ojos como si hablara desde otro tiempo—. El finaíto Manuel era un abuelito de acá, de la vuelta, por las Higueras pa' arriba. Yo era chica en ese entonces. Él era el papá de la Carmen, una cabra que ya se murió hace un tiempo. Estaba postradita, fíjese.

Don Manuel venía de trabajar en el fundo que queda por allá, camino a Los Guindos. Y cuando llegó al cruce, justo venía el tren. Igual quiso pasar. Pero el caballo que traía se le atrapó una pata entre el tablón y el riel.

Entonces don Manuel, tanto tratar de sacar al caballo... lo logró. Pero el pata e fierro lo alcanzó a pescar a él. El caballo se salvó. Él no.

—¿Y la cruz? —le pregunté.
—Cuando uno se salva de esa —me dijo, bajando la voz—, tira la cruz pal cielo... en nombre del Manuel.

Me quedé parado unos segundos después de que la señora entró a su casa. El tren ya se había ido, pero el aire seguía vibrando. Caminé hacia la animita que me dijo. Ahí estaba, escondida entre el arbusto chico, con una velita apagada, un vaso con agua sucia, y una foto vieja en blanco y negro que apenas mostraba el rostro de un hombre con sombrero.

No supe qué decirle, ni si debía decirle algo.

Pero me quité el gorro, y como si algo dentro mío lo supiera, hice el mismo gesto.

La cruz pal cielo.

En nombre del Manuel.

Y de todos los que vez fueron alcanzados.

Los zorzales

Desde mi ventana puedo ver cómo los zorzales se mueven entre las ramas del acacio. Es otoño, y los árboles ya se rinden. Las hojas, marchitas, cuelgan como si dudaran entre caer o resistir un poco más. Amarillas, algunas casi translúcidas, se sueltan una a una, girando en el aire lento del patio. Los zorzales juegan entre ellas con naturalidad, como si fueran parte del árbol, como si supieran que el árbol también les pertenece.

Ya es costumbre verlos. Algunos se posan en la reja, otros en la parra enredada que cubre como una telaraña vieja los fierros. A veces se animan a llegar hasta mi ventana, dan un par de saltos, y si me ven, retroceden como si se hubieran equivocado de lugar. Pero siempre vuelven. He contado hasta cincuenta en un solo día. Tal vez vienen por las uvas silvestres que cuelgan como ojos opacos de la parra, o por las semillas escondidas bajo las hojas. A mí me parece justo. Este patio no es solo mío.

Mi madre solía sentarse aquí, en este mismo lugar, antes de que la enfermedad se la llevara. Miraba a los pájaros como si pudiera entenderlos. A veces les hablaba en voz baja. Yo nunca supe qué les decía.

De vez en cuando aparecen gorriones, chercanes, incluso un siete-colores que vi hace unas semanas. Al fondo, a veces, pasan bandadas de loros, aunque ya son escasos. El frío los está empujando hacia otras tierras.

Hoy, sin embargo, todo fue distinto.

Me encontraba concentrado trabajando, con audífonos, mientras sonaba en mis oídos una canción, cuando algo me hizo levantar la vista. Fue como un tirón invisible. Un zorzal acababa de llegar a una rama delgada, algo inestable, que se balanceó al recibir su peso. El pájaro estiró el cuello, movió la cabeza con un gesto brusco, como intentando afirmarse en el mundo. Y fue ahí cuando vi la marca: una mancha roja en el ala, como tres líneas paralelas. Como las que mi madre dibujaba en sus cuadernos cuando ya no podía escribir bien.

No lo pensé mucho. Volví a lo mío, aunque sentía que me observaban. De reojo, lo seguía. En algún momento bajó al palo redondo de madera que sostiene la malla de la reja. Desde ahí, me miraba. Fijo. Sin moverse. Como si esperara que hiciera algo.

Apagué la música. Me saqué los audífonos con lentitud, sin perderlo de vista, como si fuera frágil el equilibrio entre los dos. Los dejé con cuidado sobre el escritorio. Me incliné por encima de los monitores para verlo mejor, y fue entonces cuando lo escuché. Mi nombre. Alguien lo decía.

Me giré bruscamente, con el corazón acelerado. Pensé que había alguien detrás, tal vez mi hermana, mi esposa. Pero no había nadie. Y no tenía sentido: no estaban en casa a esa hora.

Volví la mirada hacia la ventana, y el paisaje ya no era el mismo. Había tres zorzales ahora. Los tres en el mismo palo. Los tres con la misma marca roja en el ala: tres líneas paralelas, idénticas. Me observaban con una quietud incómoda. Y de pronto, al unísono, dijeron mi nombre. Claramente. Como si lo conocieran de antes.

No era un canto. Era voz. Voz humana. Pero no salía de sus picos. Sonaba adentro, como si alguien la hubiera sembrado en mi cabeza.

Me paralicé. Les pregunté qué querían, pero no respondieron. Solo repitieron mi nombre. Una y otra vez.

Los tres no se movían. Ellos seguían ahí. Mirándome. Las marcas en sus alas eran más nítidas ahora, como trazadas con intención. Tres líneas rojas. Como las que mi madre dibujaba cuando ya no recordaba las palabras.

Y entonces sentí que tenía que salir. No era una decisión racional. Era más bien una necesidad. Como si algo en mí supiera que ya era hora. Como si mi madre me estuviera esperando afuera.

Me levanté de la silla con lentitud, pero mis manos temblaban. El miedo me apretaba el pecho, pero también había algo más: una curiosidad oscura, una rendición. Busqué el teléfono para grabar, para tener prueba de lo que estaba pasando, pero no estaba en su lugar habitual. Nada estaba donde debía.

Me acerqué a la ventana. Los tres zorzales no me quitaban los ojos de encima. La abrí un poco más, empujándola con cuidado para no hacer ruido. El aire estaba frío, pero no incómodo. Me apoyé con las manos en el marco. Dudé. Mi cuerpo me pedía volver, sentarme, olvidar todo esto. Pero mi mente ya no era mía.

Puse una rodilla en el marco. Luego la otra. Desde allí, el patio no parecía lejos. No hay más de un metro de altura. He bajado antes. No era nada.

Pero esta vez no bajé. Salté.

Y en cuanto mi cuerpo se soltó del marco, sentí que algo cambiaba. El aire se volvió denso. El tiempo se estiraba. No caía con rapidez, sino como si flotara. Como si el suelo estuviera a cientos de metros. Vi las hojas girar a mi alrededor. El cielo se volvía más y más blanco, hasta que dejó de ser cielo. Perdí la noción del espacio, del cuerpo, del ruido.

Y luego, nada.

Cuando desperté —si es que desperté— estaba otra vez en mi silla, frente a mi computadora. Todo en su sitio. La ventana, abierta como la dejé. Los audífonos sobre el escritorio. La canción seguía sonando, como si nunca la hubiera pausado.

Pero algo había cambiado. Podía sentirlo en el aire, en el peso del silencio.

Y el zorzal… el mismo zorzal estaba ahí.

Me miró un instante. Ladeó la cabeza, como evaluándome. Se giró con calma, desplegó el ala derecha, y fue entonces cuando lo vi con claridad.

En su ala, escritas con tinta invisible que solo yo podía leer, había tres palabras en la letra temblorosa de mi madre:

"Ya puedes irte."

El zorzal levantó vuelo. Los otros dos lo siguieron. Y por primera vez en meses, sentí que el patio ya no me pertenecía.